lunes, 28 de enero de 2013

Miguel Baquero habla de Vidas elevadas




Comencé a escribir Vidas elevadas fascinado por el panorama de impostura literaria que, imagino que en todas las épocas, pero en la nuestra sobremanera, es el paisaje habitual. A poco que uno asome siquiera sea la punta de la nariz por los ambientes de la que se dice “cultura”, y si se ha levantado con el día guapo “alta cultura”, advertirá el tufo que sale de allí a premios amañados, por ejemplo, a prestigios hinchados, a operaciones meramente publicitarias, ergo crematísticas, amparadas en “lo artístico”, a tanto listo, tanto apesebrado, a toda esa burbuja cultural fermentada por la corrupción que dudo ya que algún día llegue a reventarse…

Y no digo más porque de pongo de mal humor y no se trata de eso. De hecho, Vidas elevadas no tendría sentido, ni seguramente hubiera llegado a su final, si se tratara de un simple discurso acalorado, por más que a uno le asista toda la razón. Las verdades crudas no gustan a nadie, y es verdad que son insulsas. Si uno dice, por ejemplo: “leer libros de caballerías te puede volver tonto”, a modo de advertencia como las que aparecen en las cajetillas de tabaco, la cosa no tendría mayor gracia; si en lugar de eso monta una aventura alrededor, y qué aventura, el alcance es diferente. Salvando las distancias, eso pretende Vidas elevadas. Si uno dijera que leer libros premiados, o seguir las indicaciones de los suplementos culturales, o atender a lo que dice gente que se autocalifica de “intelectual” puede volver tarumba a cualquier desprevenido, no llegaría a ninguna parte. Si en vez de ello presenta a un poeta, o aspirante a tal, desnortado por el brillo de los actos institucionales, a un novelista atrincherado en sus subvenciones o a un letraherido, como se ha dado en decir, capaz de cualquier cosa por hacerse el interesante… bien mirado, tampoco llegará demasiado lejos, pero al menos se habrá echado unas risas por el camino con quien tenga sentido del humor y se acerque a esta novela con ánimo gamberro.


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